Díaz de Orosia. LA ESPAÑA CAÑÍ. 

 

El cántabro busca el agua, la copa tiende a su vino. Cada forma requiere un contenido a su medida. Cada estilo necesita un determinado argumento. Cuando tal encuentro se produce, entonces brilla le milagro del arte.

 

Una manera de pintar suelta, desgarrada, espontánea, de un expresionismo caricaturesco y nada ingenuo, es la manera de Díaz de Orosia, que ya ha encontrado su contenido adecuado en la “España Cañí”.

 

Toreros, picadores, banderilleros y folklóricas, pero también banqueros, jueces, modelos, tiburones, presentadoras, truhanes, señorías y lehendakaris, “el cocido madrileño y la Biblia en verso”.

 

El traje les impone una identidad, el papel se apodera de la personalidad. A base de tanto interpretar se han vaciado de sustancia propia, si es que alguna tuvieron. O tal vez el disfraz descubre la personalidad encubierta, saca a la luz el vacío de unas existencias de escaparate.

 

La bailarina enseña la pierna embutida en malla de rombos bajo la falda de volantes. Ella puede ser una mujer anónima, pero cuando se ve en el espejo de la pintura de Orosia, con su mantilla y sus lunares, descubre alguna verdad sobre sí misma. Es la misma cara que sigue por la tele los melosos culebrones de sudacas. Y entonces sabe que lleva puesta un alma folkórica, un exceso de sentimentalismo bobalicón con el que va tirando y suspirando por la vida.

 

El torero se afirma con las piernas bien abiertas tras el burladero. Lleva al hombro la muleta roja y aferra su espalda como un viejo espadachín cervantino. El gesto es valiente y arriesgado, pero lleva tanto miedo metido en el cuerpo que los ojos se le saltan de las órbitas ante la última y definitiva suerte de la corrida. Yo soy ese torero y sé de sobra cuantas veces voy de farol por la vida. Esta pintura de Orosia me viste con mi verdadero traje.

 

El picador gordo y poderoso sabe que la puya es a la vez su gloria y su vergüenza……… Como verdaderos arquetipos, como tótems simbólicos, se alzan estos personajes en esculturas de gran fuerza, talladas a grandes planos hirientes en viejas vigas de construcción, madera curada y de excelente calidad. La barrera entre pintor y escultor no existe. El esfuerzo del pintor por explorar otro medio expresivo es muy meritorio. Ahora tenemos dos lenguajes que mutuamente se complementan, el de su pintura, donde mandan el color y la forma sugestiva, y el de su escultura donde emergen con vigor planos cortados con gran decisión, personajes de varias caras igualmente patéticas. La gitana esculpida se hermana con la “pantojilla” folklórica del cuadro, la una melancólica y sombría, la otra con aire de duquesa joven y goyesca. La misma mujer con diferentes destinos o disfraces.

 

Siguen siendo encantadores esos cuadros del estudio del pintor, donde Orosia nos muestra su mundo, y un espacio impregnado de la presencia del artista, lo que se recuerda cuando uno cierra la puerta y baja la escalera.

Los niños que fuimos de la posguerra vivimos la España cañí como una sonrisa forzada, un espeso manto de color y pandereta que servía para tapar la miseria del racionamiento y la escasa dignidad de aquel tiempo cutre que nos tocó vivir. Pero ahora resulta que a los personajes clásicos de entonces se añaden los actuales y modernos: el juez del esperpento, el tiburón marbellí, la pícara tonadillera, el conde, los del Río y el Palmar de Troya. De modo que en las imágenes de Orosia encontramos una verdad más profunda, una interpretación mucho más devastadora. Porque la “España Cañí” de Orosia no se refiere al pasado sino al más estricto presente. Es la España de las telenovelas y el nuevo analfabetismo, la España del supermercado y las rebajas, con el tablao y los lunares invadiéndonos la vida, impidiéndonos cualquier otra identidad que no resulte mediáticamente correcta, forjada en la fiebre “shopping” y en largas noches de alcohol y tantanes.

 

Ninguna inocencia hay en esta obra de Orosia. El Pintor va de ida y vuelta. Su ironía y su humor resultan corrosivos y desoladores.

 

José Antonio Samaniego

Diario “La Nueva España”. Oviedo 13-1-2001